¿TE HAS BESADO EN LA ESCALERA?

José Araujo de Souza

Apareció en el restaurante al menos tres veces, todos los días. Comía por la mañana, siempre almorzaba al mediodía y comía por la tarde. Y siempre fui yo quien contestó, en el mostrador. O porque estaba esperando que hiciera su pedido, cuando el mostrador estaba lleno, o porque encontré una manera de estar disponible para ella cuando la vi llegar. Después de ser servida, siempre se sentaba en una mesa donde solíamos vernos.
Apenas hablábamos porque, siempre, uno de nosotros siempre tenía prisa, muy ocupado. Yo, corriendo por los pasillos del centro comercial entregando pedidos por teléfono y ella atendiendo a los clientes en la tienda donde trabajaba.
Cuando pude, pasé a verla. En esos momentos, me apoyaba en la ventana y decíamos tonterías. Pero siempre por poco tiempo y rara vez solo. La tienda siempre estaba llena o el dueño estaba allí.
Sabía que estaba comprometida. Tenía un anillo visible en su dedo. Pero no podía negar que habíamos estado coqueteando durante algún tiempo. Nuestros ojos estaban en lo cierto y cada uno encontró al otro muy rápido. Ella me instigó. Amo a una mujer que mira, mira a los ojos, no vacila o huye de una mirada insistente. Ella miró. Ella miró a los ojos. Ella nunca dejó mis ojos. Sí, es una mujer descarada. Muy seguro de ti. Aunque resultó ser exactamente lo contrario de la mayoría de las chicas que trabajaban en el centro comercial. Hablaba en serio, siempre era amable, pero no dejaba lugar para que fueran graciosos con ella. Y, cuando era necesario, hacía que su alianza fuera percibida por la persona con la que hablaba. Yo era, por supuesto, el único que jugaba y bromeaba con ella, pero siempre sin sobrepasar un límite, en gestos y palabras. Pero nuestros ojos siempre miraban más allá de todas las fronteras. No había límite para ellos.
Una mañana fui a hacer una entrega y me detuve frente a la tienda y, al verme, hizo una señal y fue a buscarme al pasillo. Se acercó y me entregó un sobre pidiéndome que se lo diera a mi jefe. Explicó que era la invitación a su boda, que sería en veinte días. Le dije que con mucho gusto lo entregaría y ella se dio la vuelta y regresó a la tienda. No sé qué me pasó en ese momento. Simplemente fui tras ella y le pregunté, de repente, mirándola a los ojos “¿Alguna vez te has besado en las escaleras?” Ella me miró seriamente y respondió: “Sí. Pero aquí, nunca”. Ambos nos reímos y fui a entregarlo.
En el camino de regreso me detuve en la tienda y esperé a que atendiera a un cliente. Finalmente, cuando estábamos solos, dije: “Te espero allí”, le di la espalda y me fui. Me detuve en un punto de las escaleras y esperé a que ella apareciera.
No pasó mucho tiempo antes de que la viera subir despacio los escalones, pero decididamente, sin mirar de reojo, sin vacilar, sin parecer insegura o asustada. Cuando se acercó a donde estaba, abrí una puerta en la que estaba apoyado y le indiqué que entrara. Estábamos en una pequeña habitación que se usaba como depósito para la cafetería y de la que tenía la llave. En el interior, podíamos oír a la gente subir o bajar las escaleras. Luego, nos abrazamos y besamos en silencio. Al principio fue un beso ligero, de reconocimiento, de acercamiento. Pero rápidamente nuestras lenguas comenzaron una batalla en nuestras bocas, curvándose, empujando, cada uno queriendo tragarse al otro. Nos apretujamos hasta el punto de casi aplastarnos. Mi polla se estaba poniendo tan dura que le era imposible no sentir que él estaba comprimiendo sus piernas. Muy lentamente la tomó en su mano y, mientras nos besábamos, jugaba con ella, apretando, tirando. Me desabroché el pantalón y ella tomó mi polla, se inclinó y empezó a chupar, lamer y tragar con avidez y mucha categoría. Acaricié sus tetas, que ya había sacado de mi sostén y pasé mi mano por su trasero. Metí mi mano dentro de sus pantalones cortos y le acaricié el coño, jugando con él, dejando que mi dedo acariciara sus labios carnosos, apretando ligeramente su clítoris. Sin poder siquiera gemir, me apretó, cerró los ojos, se estremeció, se retorció de placer. Sin decir nada, se quitó los shorts y las bragas, se apoyó en un cajón a cuatro patas, abrió las piernas y, tomando mi polla, la apoyó contra su coño. La metí agradablemente y la follé con movimientos rítmicos mientras ella rodaba, empujaba y alzaba el culo e hacía que mi polla se moviera y se fuera. Hasta que llegamos. Nadie nos vio marcharnos. Me dijo que nunca la había follado excepto por su prometido.
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